buenos aires en navidad

Diciembre, en nuestro hemisferio sur, siempre fue un mes de mucho calor. Recuerdo que para esa fecha la rutina se repetía inquebrantable. Mi hermano y yo llegábamos temprano el día 24 a la casa de la abuela para preparar todo.

Unas horas más tarde llegaba mi primo, y ahí los tres quedábamos hipnotizados mirando por la ventana a la espera de la llegada de Papá Noel.

No había ni grandes chimeneas, ni alces, ni ciervos deambulando por el jardín, pero el arbolito, que a medida que crecíamos era más chico, nos invitaba a merodearlo apenas caía el sol y llegaba la noche.

Se transforma hasta volverse mágica

A partir de ese momento nuestra vista se concentraba en el cielo, y por más que nuestros padres llamaban una y otra vez a la mesa, nuestras ganas de comer podían esperar hasta pasadas las 12. Había cosas mucho más importantes porque preocuparse.

Buscábamos en la oscuridad a un hombre viejo, de traje rojo y enorme barba blanca que traía una gran bolsa con autos, muñecas, bicicletas, pelotas y juguetes desde lugares inimaginables.

Y siempre ocurría lo mismo, en un descuido nuestro, Papá Noel aterrizaba sus trineos quién sabe donde y dejaba los regalos al pie del arbolito, con nombre y apellido para que nadie se confundiera de paquete.

Enfrente, en la casa de mi amiga, tenían como tradición apagar la luz porque según ellos Papá Noel era tímido. Cuando la luz volvía, aparecían los regalos junto al árbol y sólo una vez la madre de mi amiga logró quedarse con un mechón de su blanca barba. Ese fue el acercamiento táctil más grande que yo he conocido entre un humano y Papá Noel.

Nosotros tres en cambio siempre terminábamos igual. Sentados en el piso y rompiendo papeles y cintas hasta lograr ver que había dentro de cada paquete, pero con la vista fija clavada en las estrellas hasta el próxim

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